jueves, 21 de octubre de 2010

El Lobo llegó a Perú

Las 12 del día y ya llevaba 3 horas en la casa de Chabela. Fui temprano porque si más no recuerdo, ya era tarde para llegar a mis clases de Inglés.

Anímicamente, estaba algo triste porque mi relación con "Keto" no iba bien; para esos días no estábamos y resumiendo todo, era el momento perfecto de la separación.

Nos metimos al internet y en el chat encontramos a la persona con quien Chabela, ya había cruzado antes ciertas palabras en las redes sociales como el Hi5, para ese entonces. Lo más curioso era de lo que hablaban, porque sólo usaban adverbios de pertenencia hacia mí; aunque uno de esos comentarios que mandó aquella persona que estaba al otro lado del internet, fue un video musical que hasta ahora no lo encuentro, pero que el que pongo aquí resume todo lo que dijo esa vez.

A pesar de que casi 4300 km separados él (a quien conoceremos como "Lobo") de nosotras y viceversa, conversamos en que durante la noche podríamos tomar un roncito y pasarla tranquilo; exactamente ese día cayó lunes y para ese entonces no compartía la idea de tomar el primer día de la semana, más aún cuando sabíamos que él estaba muy lejos de nosotras. A menos que hiciéramos un brindis a su nombre y él también al nuestro.

Quedamos en nada y cada una a su casa. Para la tarde, me puse a hacer lo que hacía todas las tardes, bailar. En el transcurso de esa tarde, tocaron a mi puerta, era una vecina quien me pidió que le hiciera el favor de acompañarla hacía la casa de Lobo; no para verlo obviamente, porque estaba muy lejos de acá, sino para hacer unos trámites que ella tenía que hacer con la familia de él.

Al llegar, la inocencia que me llevó a acompañarla, se tornó en un aura roja alrededor de todo mi cuerpo por unas palabras que escuché de quien nos abrió la puerta. Lobo estaba adentro y lo único que quería hacer era salir de ahí. Los motivos subsisten desde mucho tiempo atrás cuando la historia comenzó a mis 13 años de edad; no podía verlo, no estaba lista. Él desapareció y recién luego de 6 años regresó; yo seguía acá y ahora qué le diría, qué me diría.

No me dejaron salir, así que me resigné, pero empecé a actuar diferente, como si al conversar con mi amiga, tendía a tartamudear en mis oraciones. Derepente apareció una perrita, de esas que en su colita se le forma una pelotita de pelo, como si fuera un diente de león; la acaricié, pero para eso me puse en cunclillas; al levantarme, con un brillo en el fondo del patio y con un fondo ambiental de risas y murmullos, apareció Lobo. Un lento, pero difícil acto de pasar la saliba por la garganta, el hecho de quedarte sin nada qué decir en la cabeza y la paranoia de pensar en que se va a fijar en todo lo mal que crees que te ves.

Todo lo ya mencionado, pasó alrededor de 10 segundos antes de pensar en que tal vez, la perrita era la antesala para ver llegar a quien luego de que pasasen 6 años, extrañaras, pero que al verlo, sintieras como si siempre hubiera estado ahí. No dije mucho, hasta que me quedé a solas con él en su patio; lo abracé, abracé al chico que llevaba bermudas y skeechers, abracé a quien espero haya sentido en ese momento todo lo que quise decirle en su tiempo de ausente.
A partir de la siguiente semana, las cosas se complicaron; podría decir que no tuvo un buen inicio. Se inventaban excusas, se crearon mentiras; un ejemplo podría ser que usé a Chabela de pretexto y/o consecuencia para verlo. Por ahora sólo diría que su llegada tuvo un mal final en su estadía para nosotros juntos.

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